El 30 de noviembre de 1900 murió en París Oscar Wilde. Su tumba en Père-Lachaise está llena de labios de mujer (irónico, en cierto modo) con carmín y flores. Su epitafio reza "Verbis meis addere nihil audebant et super illos stillabat eloquium meum" (que para los paletos cómo yo que no hablamos Latín significa "Tras mi palabra no replicaban, y mi razón destilaba sobre ellos), del Libro de Job, 19,22.

No sé cuando leí por primera vez "El Príncipe Feliz". Porque para mí, Oscar Wilde era Oscar Wilde. Sólo sé que era lo suficientemente pequeña cómo para acabar llorando con el triste (aunque ¿es realmente triste?) final del príncipe y de la golondrina y lo suficientemente mayor cómo para querer seguir leyendo.

Poco a poco, han ido pasando por mis manos casi todas las obras de este, que es sin lugar a dudas mi escritor favorito. Aún así, tengo la triste costumbre de sólo leer una de las que me faltan al año, temerosa de que se me terminen. Lamentablemente, el año que viene, se acabaran, cuando lea "Salomé".

Muchos de mis amigos lo saben, y es que yo tengo la esperanza de un 30 de noviembre, de algún año, poder acercarme a Père-Lachaise a dejarle a Oscar mi flor (lo del beso no sé) mientras pienso algo que cada día me parece más real: Todo hombre mata lo que quiere. (De la Balada de la Cárcel de Reading).

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